Preposiciones en la clase de ELE

El uso de las preposiciones es algo que suele costar a los estudiantes. Este error suele ser reiterativo a lo largo del proceso de aprendizaje. Esta idea me ha funcionado con mis alumnos de clases de español.
Se les muestra esta imagen a los estudiantes y se les pide que contesten a unas determinadas preguntas. Estas preguntas servirán para reactivar conocimientos o ver el uso de las preposiciones por primera vez:



¿A dónde van?
¿Por dónde van?
¿De dónde vienen?
¿En qué medio de transporte van?
¿Qué van a hacer en el lugar de destino?

Cuando contesten a las preguntas pondrán en práctica el uso de las preposiciones mientras hacen hipótesis sobre la imagen.

Año nuevo


Que la gente a la que yo quiero siga queriéndome. Que mis hijos mayores sigan navegando por la adolescencia con amores contrariados y sin heridas mortales. Que los Reyes Magos acierten con los regalos de mi hija pequeña. Que mis amigos quieran seguir siendo mi familia. Que los cadáveres de mis enemigos -y de los enemigos de mis amigos- pasen por la puerta de mi casa en ataúdes metafóricos y eficaces, pero no tan peligrosos para que me sienta culpable de su destino. Que mi novela salga a tiempo, sin errores y sin erratas. Que los terroristas equivoquen la puntería. Que el invierno sea breve, la primavera larga y el verano caluroso. Que la izquierda española resucite. Que la derecha española se debilite. Que el alcalde de Madrid deje de quitarme el sueño. Que a las autoridades económicas del primer mundo se les ocurra la posibilidad de ahorrar en el sufrimiento de las personas. Que se globalicen la dignidad y el futuro. Que mis amigos argentinos vuelvan a ser prósperos y felices. Que mis amigos cubanos no pierdan las ganas de seguir bailando. Que Pilar del Castillo dimita. Que el gobierno retire la Ley Orgánica de Universidades. Que esa imprescindible minoría de gente que lee libros sea un poco mas numerosa cada día que pasa. Que reine la justica poética. Que reine única y exclusivamente la justicia poética. que los esfuerzos que merecen la pena encuentren alguna recompensa. Que no se recompense más a quien vive del cuento, excepto en el caso de los buenos escritores de cuentos. Que la programación de las cadenas de televisión deje de dar vergüenza ajena. que se recuerde a Caro Giuliani, para que a la injusticia tremenda de su muerte no se sume el crimen inconcebible de otras muertes iguales. Que ETA abandone la lucha armada. Que las fuerzas armadas de Estados Unidos de América solo salgan de sus cuarteles para hacer maniobras en el desierto un par de veces al año. Que encuentren de una vez una vacuna contra el sida. Que Francis Fukuyama enferme de algo malo. Que el entierro de la peseta sea tan indoloro y festivo como el de la sardina. Que el euro nos sea propicio, y el Mundial de fútbol, lo más leve posible. Que Xabier Arzallus deje de salir por la televisión. Que los medios no sigan difundiendo por sistema las opiniones de la Conferencia Episcopal sobre cualquier asunto, le concierna o no. Que se legalice sensatamente el consumo de drogas. Que los traficantes de drogas se queden en el paro. Que se legalice sensatamente la prostitución. Que los tratantes de esclavos se queden en el paro. Que se legalice sensatamente la inmigración. Que los traficantes de personas se queden en el paro. Que las practicas de mutilación sexual infantil se penalicen con toda la dureza que sea precisa para erradicarlas. Que la literatura vuelva a ser una asignatura independiente de la lengua en los programas educativos de las enseñanzas medias. Que no haga falta que los escritores se plagien los unos a los otros para que la gente hable de libros en los bares. Que se vuelva a enseñar latín en los colegios. Que se recupere para siempre -en los libros de texto, en el lenguaje político y en las pensiones de jubilación- la memoria de la Segunda República Española como el glorioso proyecto cuya memoria nos sigue siendo injusta y sistemáticamente arrebatada. Que se deje de llamar nacional al ejercito rebelde. Que los barcos de pesca no naufraguen. Que los aviones de pasajeros no se caigan. Que la policía no cargue contra los manifestantes. Que los parias de la Tierra se levanten. Que los burkas de cualquier naturaleza se pudran por igual en los baúles. Que los torturadores agonicen. Que los dictadores se suiciden. Que los ladrones se arruinen. Que los mafiosos se queden solos. Que los desaparecidos aparezcan. Que todos los niños vivan sin trabajar. Que rodas la niñas tengan derecho a vivir. Que los viejos se queden dormidos sin saber que ya no despertaran. Que Ulises siga encontrando su camino a casa. Que -como dice Joaquín Sabina, al que le he copiado la idea de este artículo- los que matan se mueran de miedo. Y que ustedes me sigan leyendo. 


Feliz año nuevo. 

Almudena Grandes, Mercado de Barceló

Grito hacia el mundo desde Turquía.

La mejor forma de conocer lo que está pasando es mediante el testimonio de aquellos que lo están viviendo en primera persona. Hace unos meses estuve en Estambul y conocí a mucha gente, a través de ellos y, desde sus diferentes posturas, me informo de lo que está sucediendo en las últimas semanas. Como sabréis, el 31 de mayo unos jóvenes acamparon en un parque en el centro de Estambul para protestar por un proyecto de Ley para la construcción de un centro comercial en esos terrenos. La brutal actuación de la policía contra ellos desató una oleada de protestas por todo el país y otras partes del mundo. Desde entonces las manifestaciones de los turcos en contra de la represión policial y las políticas del Gobierno de Erdogan, cada vez más autoritarias, se han ido sucediendo. Uno de los amigos que tengo allí es  Murat Yıldırım, hace una semana me escribió para decirme que se iba a protestar y que se despedía de mí por si acaso no nos volvíamos a ver más. Hoy me escribe otro mensaje, un grito hacia el mundo, donde me habla de los sucesos acontecidos la pasada noche en la ciudad de Estambul. Lo reproduzco íntegramente:


"Todo lo que pasó anoche empezó muy temprano, desde por la mañana. A las 7 de la madrugada la policía de repente entró en la plaza de Taksim tirando bombas de gas sin advertir a nadie. Por la tarde, un grupo de provocadores, formado por policías infiltrados, tiraban cocktailes molotov y piedras a la policía para que estos tuvieran una razón para atacar a la gente que estaba acampando en Gezi Park. Así, los ataques siguieron hasta la media noche. 

Aquí en Turquía sólo hay dos canales que muestran lo que pasa  en Taksim, pero una organización del Gobierno les puso una multa económica. Lo peor es que aquellos que no salen de sus casa no se enteran de lo que está pasando. La tele turca está controlada por el Gobierno. Sólo hay dos canales, uno es nacionalista y otro está del lado de Atartük.

Pero no pararemos, da igual que nos maten. Seguiremos luchando. Kanka, díselo a todos. Que nos oiga todo el mundo"

Murat Yıldırım




El discreto desencanto de la burguesía

Ellos son burgueses, pero lo que aparece en esta película documental no es discreto y no es encanto, es un desencanto cuyos protagonistas gritan desde un tono aprendido en buenos colegios, es un desencanto que no exteriorizan en sus gestos porque les han enseñado a acallar cualquier atisbo de sentimiento, es un desencanto, que sin embargo, no deja de estar presente.

El desencanto se ha convertido en una película de culto. Esta gira en torno a la familia Panero- Blanc que se reúnen en Astorga catorce años después de la muerte del poeta Leopoldo Panero. Este encuentro da lugar a una serie de relaciones, recuerdos y cuentas pendientes entre una familia que en apariencia era feliz hasta la muerte del padre. Fue rodada en 1976 por Jaime Chávarri. 

Siempre he sentido atracción por los personajes raros, inadaptados, por los locos, incluso tengo la capacidad de que acerquen a mí. Para otros puede ser una molestia, pero yo disfruto escuchando historias inverosímiles, punto de vistas llenos de imaginación, planteamientos sorprendentes. Por esto no es extraño que haya permanecido sin parpadear mientras asistía al visionado de esta película. Me hubiera encantado contemplar en directo cualquiera de las conversaciones entre la familia Panero, sin abrir la boca, claro, contemplándolos tan maravillado como la primera vez que fui a un zoo. 

El escenario, con edificios resquebrajados y medio en ruinas, es un trasunto de la historia de la familia. Una familia de nombre insigne que asiste a un fin de raza lamentable. La conversación hipnótica nos lleva hacia un final desastroso que se desarrolla en cámara lenta pero que nadie puede impedir. Al principio el documental es una cosa y luego se vuelve otra contraria, al igual que en El ángel exterminador de Buñuel los personajes aparecen inmersos en una representación, pero hay algo en su actitud que te hace pensar que las cosas no son como se muestran. Es con la aparición de Leopoldo María cuando el caserón de las buenas formas se desmorona, cuando todos se muestran cómo realmente son y cuando este carga contra todo, también contra sí mismo. Leopoldo María, no sabemos si loco o cuerdo en la realidad, en la película hace de loco, y como los locos que aparecen en los dramas de Lorca, es el único capaz de atisbar la realidad y soltar lo que piensa como un exabrupto.

Tanto él como los otros dos hermanos parecen haber iniciado una carrera por convertirse en el padre tras la muerte de este, los tres luchan por ser escritores. Leopoldo María se lleva la fama porque lo atrayente de la locura, Juan Luis nunca consigue demasiada celebridad y Michi se convierte en uno de esos casos de escritores sin obra. Los tres deslumbran con su brillantez y su resentimiento se materializa en cada diálogo.

También aparece el personaje de Felicidad Blanc, la viuda de Leopoldo Panero, una mujer atractiva, inteligente y con historia. Una mujer que es un misterio. Lo mismo le dice a su hijo Michi que sustituya la palabra “parir” por “dar a luz” para suavizarla que es capaz de escuchar impertérrita cómo su otro hijo, Leopoldo María, le cuenta que unos subnormales se la chupaban a cambio de tabaco en la cárcel, su intento de suicidio o su consumo de drogas. 

A los personajes no se les juzga, no ha visión maniquea en la forma de presentarlos. Ellos hacen un acto de sinceridad y exhibicionismo y nosotros asistimos a este documental, una mezcla entre reality y terapia de grupo, y por el camino nos llevamos una serie de buenas risas pero también de profundos arañazos, todo ello con la boca abierta. Porque esta familia tan acostumbrada a la palabra aquí la usan como dardo contra ellos mismos y contra un padre casi asunte. Y digo casi porque aparece en forma de estatua, atado y amordazado, y por medio de unas palabras finales, un epitafio escrito antes de morir:

Ha muerto
acribillado por los besos de sus hijos,
absuelto por los ojos más dulcemente azules
y con el corazón más tranquilo que otros días,
el poeta Leopoldo Panero,
que nació en la ciudad de Astorga
y maduró su vida bajo el silencio de una encina.
Que amó mucho,
bebió mucho y ahora,
vendados sus ojos,
espera la resurrección de la carne
aquí, bajo esta piedra.

Este documental es lo más real que he visto a través de una pantalla, ningún guionista sería capaz de crear diálogos tan rápidos, elegantes y certeros. La película se hace sola y se expande ante nuestra mirada. Nos introducimos a un microcosmos que nos maravilla y nos engancha, da igual si nunca has oído hablar de Leopoldo Panero o de sus descendientes. Muy recomendable para los amantes del cine, para los admiradores de los locos-genios y para los que interesados en la literatura. Pero que nadie se enfrente a ello como un biopic al uso, es algo así como una biopsia. 

Francisco Rodríguez.

Yo soy Estambul












¡Soy Estambul, ciudad de ciudades, señora de las metrópolis, comunidad de poetas, trono de emperadores, favorita de los sultanes, perla del mundo! Mi nombre es Estambul y mis súbditos se llaman a sí mismos «estambulitas». De todas las ciudades del mundo, soy sin duda la más espléndida, misteriosa y terrible, una ciudad en cuyas costas los paganos, cristianos, judíos y no creyentes, amigos y enemigos por igual, han encontrado un refugio seguro a lo largo de los siglos, un lugar donde conviven el amor y la traición, el placer y el dolor. 

Yo, hija de Poseidón, milagro de los argonautas, emperatriz de las ciudades medievales, precursora de una nueva era, cuya estrella vuelve a brillar en el siglo veintiuno, soy la ciudad de la prosperidad y la ruina, de la derrota y de las buenas nuevas. Estambul es mi nombre. ¡Estambul soy yo! Lugar de extremos, donde toda la gama de emociones humanas se experimenta a un mismo tiempo, desde la más sublime a la más vil, desde la más noble a la más baja. ¡Yo! Mi nombre es Estambul, arcángel eterno y diosa de las ciudades. Los pueblos vienen y se van, y dejan una marca en mi alma; he visto su esplendor y su decadencia; los he visto nacer para después ser testigo de su declive; yo guardo sus vestigios mezclados en mis aljibes y panteones subterráneos.

Azul como la esperanza, verde como el veneno, rosácea como el amanecer; yo soy Estambul; estoy en el árbol de Judas, en la acacia, en la lavanda. ¡Soy azul turquesa! Soy lo insondable; la musa de la posibilidad, la vitalidad, la creatividad.

Mi nombre es Estambul. Así es como me llaman, y como me han llamado de un siglo a esta parte; pero he sido Constantinopla, ciudad de Constantino; empecé como Bizancio, y tuve muchos nombres desde entonces: la puerta de la felicidad celestial, Dersaadet, Dar’üssadet, Nueva Roma, Asitane, Daraliye, He Polis, Tsargrad, Stamboul, Qustantaniyyeh... Los mortales son así. ¡Siempre cambiando nombres, leyes y fronteras! Yo me río de los que se toman a sí mismos tan en serio en su efímero mundo mortal hecho de falsas ilusiones, miedos y sombras. Si a alguien se le hubiera ocurrido consultarme, yo hubiera escogido «Reina de todo aquello que contemplo», ya que eso es lo que soy, al fin y al cabo. Soy reina de reinas, ciudad de ciudades; he caminado con emperadores y sultanes, compartido las confidencias de viajeros y poetas. Autores en ciernes todavía hacen cola para escribir sobre mí. De hecho, ¡aquí mismo llega uno ahora!

Incluso el alma de una ciudad grande y noble puede sentir esa carga. Últimamente, me he sentido inquieta. Para no hacerme daño a mí misma ni a los quince millones de personas que residen en mí, busco distracción. Por eso he escogido este día para centrar mi atención en Yesilköy, mi vieja «Aldea Verde», ahora mi cara más moderna, donde se encuentra lo que llaman el «Aeropuerto Atatürk».

Este lugar empezó a ser conocido como Ayastefanos allá por el año 395 o 495, ahora no me acuerdo con exactitud. En la noche de aquella aterradora tempestad, mis invitados bizantinos todavía vivían aquí, y el pequeño barco que tenía que transportar los restos de San Estéfano a Roma se vio obligado a refugiarse en este puerto. Lo recuerdo como si fuera ayer. Me causaron un gran sufrimiento, cosa que, como es natural, desató la tormenta. Fue realmente una noche espantosa, con una tempestad cegadora. Los restos del santo languidecieron en el puerto a la espera de que amainara el temporal, pero su cuerpo nunca partió de aquel lugar y la iglesia donde finalmente fue enterrado recibió el nombre de Aya Stefanos, y de ahí el nombre del barrio: Ayastefanos.
Cientos de años más tarde, en 1926 o 1927, mucho después de la llegada de mis invitados turcos, el autor Halit Ziya Us, aklıgil, quien tenía predilección por aquel lugar, le puso un nuevo nombre: Yesilköy, y así se ha llamado desde entonces.

El motivo por el que hoy he dirigido la mirada hacia el aeropuerto es que quiero disfrutar del regreso de una ciudadana de Estambul que, hace muchos años, hizo las maletas con la ilusión de que me abandonaba para siempre. Me apetece divertirme un poco. Está furiosa conmigo desde hace exactamente trece años; huyó lejos de mí y mírala ahora, regresando a toda prisa. En breve, entrará en contacto con mi pista de aterrizaje. Se llama Belgin. Me proporciona un placer especial dar una buena acogida a aquellos mortales que, como ésta, partieron enfurecidos prometiendo no volver jamás y ahora regresan. Inevitablemente siempre encuentran algún pretexto para hacerlo. En este caso, Belgin de Bebek afirma haberse enamorado del escultor Ayhan de Adana, que ahora también vive en Estambul. 

Lo he visto una y otra vez; a lo que son realmente adictos es a mi amor. Pero este amor por Estambul no es un amor de naturaleza mortal. Siempre me llevan en sus corazones y, por eso, a mí deben regresar: tienen morriña, apego, me echan de menos, sus corazones arden en llamas a causa de un amor inextinguible que jamás podrán encontrar en ningún otro lugar. Un estambulita nunca deja de serlo. Soy la última canción en los labios de los desterrados moribundos. Soy dolor y poesía. Incluso para quienes imaginan que me han dejado por voluntad propia sigo siendo, de por vida, el hogar perdido, ya que soy el olor de la tierra, el olor salobre de la brisa marina, el material del que están hechos los sueños. Soy Estambul. Ciudad de la magia, ciudad de encantamientos, objeto del deseo del mundo.

Y, durante milenios, nadie ha logrado dejarme de verdad. ¡No dejaré que me abandonen! ¡No permitiré que haya desertores! Mi nombre es Estambul.







Buket Uzuner, Gentes de Estambul.